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Una sola manera de seguir a Jesucristo Dietrich Bonhoeffer.

DOCTRINAS

Una sola manera de seguir a Jesucristo Dietrich Bonhoeffer.

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El 4 de febrero se cumplen 110 años del natalicio de Dietrich Bonhoeffer. De su inspirador libro ‘El precio de la gracia’ analizamos el significado del llamado a seguir a Jesucristo en este mundo.

“Dios honra a algunos con gran sufrimiento y les concede la gracia del martirio, mientras que otros no son tentados más allá de sus fuerzas. Pero en todos los casos se trata de una misma cruz. Esa que es cargada sobre cada cristiano. El primer sufrimiento de Cristo que cada uno tiene que experimentar es el llamado que nos convoca a dejar lejos nuestros apegos por este mundo.
Es la muerte del viejo hombre en el encuentro con Jesucristo. Los que entran en el discipulado entran en la muerte de Jesús”. Partiendo de una base bíblica, Bonhoeffer1 ve el seguimiento de Cristo como la liberación del hombre con respecto a los preceptos humanos; a todo aquello que oprime y agobia, a todo aquello que preocupa y atormenta a la conciencia. Nuestro hermano Bonhoeffer, entregó su vida al Señor hasta morir. Ejecutado por los nazis al no subordinar a Cristo ante Hitler, su ejemplo sigue iluminando la senda de los que prometen seguir la Palabra viva, pero sin renunciar a viejos lazos mundanos. Ponderemos lo que nos dice 2: “La llamada de Jesús al seguimiento (…) transforma al que es llamado. Cada uno es llamado individualmente e individualmente debe seguir el llamado.” Pero, hay una reacción del individuo basada en el miedo. Miedo a encontrarse solo. Es entonces, que “busca protección entre las personas y cosas que le rodean. De un golpe descubre todas sus responsabilidades y se aferra a ellas. Quiere tomar sus decisiones al abrigo de estas responsabilidades” describe Bonhoeffer. Este encontrarse “solo frente a frente con Jesús” le produce el miedo a dejar todo lo que le rodea. “Pero ni el padre ni la madre, ni mujer ni hijos, ni pueblo ni historia, pueden proteger al que ha sido llamado en este momento.” Cristo transforma al individuo para que solo le vea a Él. El llamado de Jesús consuma una ruptura “con los datos naturales entre los que vive el hombre.” Jesús mismo llama al hombre fuera “de las relaciones inmediatas con el mundo, para situarlo en relación inmediata consigo mismo”. No se puede seguir a Cristo sin reconocer y aprobar que es Él “mismo quien conduce al discípulo a la ruptura.” ¿Por qué este miedo y esta ruptura?   Jesucristo es el único Mediador El teólogo alemán descifra en qué consiste el hecho de la mediación de Cristo y el hombre. No se trata de despreciar la vida; tampoco “es un código de piedad; es la vida y el Evangelio mismo, es Cristo mismo. Con su encarnación (Jesucristo) se ha interpuesto entre el mundo y yo.” Porque ahora Él está en el medio “todo debe suceder únicamente por Él. Cristo se encuentra no sólo entre Dios y yo, sino también entre el mundo y yo, entre los otros hombres, las cosas y yo (…) Puesto que el mundo ha sido creado por él y para él 3, él es el único mediador en el mundo. Después de Cristo, no hay para el hombre relación inmediata ni con Dios ni con el mundo”. Numerosos dioses y el mundo constituyen una fuerte alianza que “busca por todos los medios una relación inmediata con el hombre para entrar en hostilidad contra Cristo, el mediador. Los dioses y el mundo quieren arrebatar a Cristo lo que él les ha quitado: el privilegio de relacionarse única e inmediatamente con el hombre.” Romper las relaciones inmediatas no es un acto arbitrario del hombre para liberarse “a causa de un ideal cualquiera, de sus lazos con el mundo, cambiando un ideal menor por un ideal superior. Esto sería fanatismo, actuar por propia autoridad, e incluso significaría volver a caer en una relación inmediata con el mundo.” Es el llamado de Jesucristo, el Mediador, el que “realiza en mí esta ruptura completa con el mundo” reitera el escritor. Pero ello no da lugar a pensar que el llamado devalúa “las categorías vitales naturales frente a un ideal de vida cristiana”. La persona llamada por Jesús descubre que antes había vivido en medio de una ilusión llamada ‘inmediatez’ que le impedía tener fe y obedecer. “Ahora sabe que no puede tener ninguna inmediatez, ni siquiera en los lazos más estrechos de su vida, los lazos de la sangre que le unen a su padre y a su madre, a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, los lazos del amor conyugal, los de las responsabilidades históricas.” Entre ella y todos los demás lazos ahora se halla Cristo, el mediador. “Para nosotros no hay más camino hacia el prójimo que el que pasa por Cristo, por su palabra y nuestro seguimiento. La inmediatez es una impostura.”

Si en una comunidad se nos impide ser individuos delante de Cristo, o se reivindica la inmediatez, plantea Bonhoeffer “hay que detestarla a causa de Cristo; porque toda inmediatez es, conscientemente o no, odio a Cristo, el mediador, incluso cuando quiere ser comprendida cristianamente.” Menudo golpe es este al exitoso ministerio de ‘la Prosperidad’ terrenal entre otras enseñanzas heréticas. Es una herejía “utilizar la mediación de Jesús entre Dios y el hombre para justificar las relaciones inmediatas de la vida.” Por el contrario, “para quien sigue a Jesús, no hay ‘realidades dadas por Dios’ más que a través de Jesucristo. Lo que no me es dado por medio de Jesucristo encarnado no me es dado por Dios. Lo que no me es dado a causa de Cristo no viene de Dios (…) Si hay algo que no puedo agradecer a causa de Cristo, no puedo agradecerlo de ninguna manera, o cometo un pecado; (…) el camino que lleva a la ‘realidad dada por Dios’ del prójimo con quien convivo pasa por Cristo; de lo contrario, es un camino equivocado.” En un poco común análisis psicosocial, Bonhoeffer asevera “Ningún camino específico conduce del hombre al hombre. La intuición más amante, la psicología más profunda, la apertura de espíritu más natural, no avanzan hacia el otro; no existen relaciones anímicas inmediatas. Cristo se interpone. Sólo a través de él podemos llegar al otro.” Apoyado en la Biblia define a la súplica como el camino “más rico en promesas”, y a “la oración común en nombre de Cristo (como) la forma más auténtica de comunión” destacando el valor que tiene la oración en la comunidad. No hay verdadero reconocimiento de los dones de Dios sin reconocimiento del mediador, por cuya causa nos han sido dados. Y no es posible dar verdaderas gracias por el pueblo, la familia, la historia y la naturaleza, sin un profundo arrepentimiento, que atribuye la gloria sólo a Cristo, y a él por encima de todo. Lo que pareciera ser una antítesis se convierte en paradigma gracias al Mediador: “no hay verdadera responsabilidad en el mundo, si no se reconoce primero el abismo que nos separa del mundo” dice el teólogo. Y quita toda duda sobre el lugar a darle al amor de Dios en nuestra vida: “No améis al mundo” 4 va junto con “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna.” 5 Estas verdades aparentemente irreconciliables tienen en Abrahán su mejor aplicación. De él dice el autor: “Debió abandonar a sus amigos y la casa de su padre; Cristo se interpuso entre él y los suyos. Entonces la ruptura debió hacerse visible. Abrahán se convirtió en un extranjero a causa de la tierra prometida (primero) Más tarde (…) es llamado por Dios a sacrificarle a su hijo Isaac. Cristo se interpone entre el padre de la fe y el hijo de la promesa.” El único camino es Cristo. Analizando el llamado de Dios a Abrahán dice el autor “Contra toda inmediatez natural, contra toda inmediatez ética, contra toda inmediatez religiosa, (él) obedece a la palabra de Dios. Lleva a su hijo al sacrificio. Está decidido a manifestar visiblemente la ruptura secreta, a causa del mediador.” Y es así y allí que ocurre lo sobrenatural: “Entonces, en el mismo momento, se le devuelve todo lo que había dado. Abrahán recibe de nuevo a su hijo. Dios le muestra una víctima mejor, que debe sustituir a Isaac. Es un giro de 360 grados; Abrahán ha recibido de nuevo a su hijo, pero ahora lo tiene de forma distinta. Lo tiene por el mediador, a causa de él. Por estar dispuesto a escuchar y obedecer literalmente la orden de Dios, le es permitido tener a Isaac como si no lo tuviese; tenerlo por Jesucristo. Nadie sabe nada de esto. Abrahán baja con Isaac de la montaña tal como había subido, pero todo ha cambiado. Cristo se ha interpuesto entre el padre y el hijo. Abrahán había abandonado todo para seguir a Cristo y, en pleno seguimiento, le es permitido de nuevo vivir en el mundo en que antes vivía. Externamente, todo continúa como antes. Pero lo antiguo ha pasado, y he aquí que todo se ha hecho nuevo.” “Entonces Pedro comenzó a decirle: He aquí, nosotros lo hemos dejado todo, y te hemos seguido. Respondió Jesús y dijo: De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de mí y del evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna.

Pero muchos primeros serán postreros, y los postreros, primeros”.6 Jesús se dirige a los mismos que Él había llamado uno por uno y que, por su causa, “se han convertido en seres individualistas (…) que abandonaron todo cuando él los llamó, a los que pueden decir de sí mismos: ‘Ya lo ves, nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido’. A ellos se hace la promesa de una comunión nueva. Según la palabra de Jesús, ya en este mundo recibirán centuplicado todo lo que abandonaron. Jesús habla aquí de su comunidad, que se encuentra en él. Quien abandona a su padre por causa de Jesús hallará en ella un padre, hallará hermanos y hermanas, e incluso campos y casas que le están preparados. Cada uno se lanza solo al seguimiento, pero nadie queda solo en el seguimiento. A quien osa convertirse en individuo, basándose en la palabra de Jesús, se le concede la comunión de la Iglesia. Se halla en una fraternidad visible que le devuelve centuplicadamente lo que perdió.” Cien veces, pero ‘con persecuciones’, “es la gracia de la comunidad que sigue a su maestro bajo la cruz. Esta es, pues, la promesa hecha a los seguidores de convertirse en miembros de la comunidad de la cruz, de ser pueblo del mediador, pueblo bajo la cruz. “Iban por el camino subiendo a Jerusalén; y Jesús iba delante, y ellos se asombraron, y le seguían con miedo. Entonces volviendo a tomar aparte a los doce, les comenzó a decir las cosas que le habían de acontecer”.7 Como para confirmar la seriedad de su llamada al seguimiento y, simultáneamente, la imposibilidad de seguirle con nuestras fuerzas humanas, así como la promesa de pertenecerle en las persecuciones Jesús precede ahora a los discípulos hacia Jerusalén, hacia la cruz, y los que le siguen se asombran y temen al contemplar este camino por el que él les llama.”   Reflexión final Valga este resumen del capítulo ‘El Seguimiento y la Cruz’ para agradecer a nuestro Señor por haber pagado nuestra deuda y justificarnos en Su Hijo. En días que muchos hombres, mujeres, ancianos y niños mueren por causa de confesar a Jesucristo debemos agradecer a nuestro Padre porque haya un pueblo dispuesto a morir con tal de no renunciar a Cristo o a su fe. Tal vez Su propósito sea que a lo largo de la historia de Su Gracia algunos de los verdugos de tantos hermanos y hermanas nuestros lleguen a conocerle. La escena del centurión romano exclamando al pie de la cruz de Cristo ‘Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios’ 8 quizás se esté repitiendo sin nosotros saberlo en este momento en muchos sitios del planeta; asesinos que se maravillan por el valor de esas víctimas que mueren dando gracias a Dios por haber sido dignos de morir por Su causa. De allí que se nos anime a orar aún por nuestros enemigos. Que el hecho sangriento de la cruz de Cristo, emulado en el sacrificio de tantos hermanos y hermanas, lejos de infundirnos un sentimiento de temor a la falsa inmediatez nos anime a ser fieles en el seguimiento a Su inefable llamado

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